Thursday, December 15, 2011

ESA NOCHE, MURIÓ MI MUSA



¿Cómo me enteré? ¿Me llamaron? ¿Lo leí en un periódico? ¿Quizá lo vi en mis peores sueños? Ni yo lo sé, y no creo que lo sepa jamás. Dicen que no estaba sola, como si quisieran suavizar el golpe. Que su marido estaba allí junto a su lecho. Y recordé lo que se dice: Todos nacemos y morimos solos. Y él sólo debió ser un mero espectador de la muerte de una estrella.
Sólo sé que todo a mi alrededor se tornó extraño y desconocido. Mi propio cuerpo parecía diferente, como si hubiera perdido alguna parte esencial, algún órgano indispensable que había dejado un irreparable vacío en mi interior. Ese vacío que sólo deja la muerte; un extraño vértigo en el estómago que me trasladó a un lugar muy lejano, a otra época. Su cara, sus labios, sus caderas, sus piernas… En aquel tiempo no había nada ni nadie tan eróticamente sensual como ella. Sentí un deseo irrefrenable de estar a su lado, de mirarla, de sonreírle, y por primera vez en mi vida sabía que era imposible. Deseé con toda mi alma no haber malgastado todo ese tiempo a su lado.
Porque al fin y al cabo, ¿quién era yo ahora? ¿Era a caso, algo más que una sombra de su pasado? Sí, eso era ella, mi pasado, mi inspiración, mi musa. Cada una de las palabras que le escribí golpeaba mis oídos con el silencio. Y cada nota de cada melodía que compuse para ella, se deslizaba en el viento colándose por las rendijas, entrando en todas partes sin dejar a nadie a salvo de los fantasmas que traían con ellas.
Me pudo más la tristeza y ese pequeño lado semi-masoquista que todos tenemos y que aflora en ciertas ocasiones, incitando a nuestra propia tortura interior. Corrí por los pasillos de la casa vacía y llegué un cuarto lleno de cajas, donde guardaba las cosas que ya no me pertenecían por completo, sólo a esa parte de mí que aún cantaba y tenía esa fe pura que el tiempo te va quitando. Rebusqué entre los papeles, en mis viejos cajones, hasta verlo allí en un rincón apartado. Lo cogí con cuidado, casi como si fuese lo único que la ataba al mundo en ese instante y que con el más débil movimiento podría perderse para siempre. Observe la carátula de aquel disco con una extraña sensación en el estómago. Ella, con su pelo largo y esa gabardina ceñida, agarrada de mi brazo como si no hubiera posición más natural que aquella. La foto en blanco y negro, no llegaba siquiera a remarcar su belleza cálida. Y por un momento, me pareció estar allí de nuevo, en aquella calle del Greewhich Village, sin rumbo pero caminando. El cigarro consumiéndose en mis labios, el suave aire de la mañana, el tacto de su pelo que me rozaba cuando lo traía el viento, y ese aroma que sólo se encuentra en Greenwhich. Lo añoré tanto que dolía. Pensé en cada beso, en cada mirada y en que ya no existían esos labios ni esos ojos. Su mirada se había perdido para siempre.
Ahora todo lo que quedaba era aquel tiempo, hace tanto, en aquel apartamento de la 4th Street. No resistí la tentación y puse el disco, que sonó suave bajo la aguja del tocadiscos… Había sido los años 60, nuestros años dorados y ella, mi musa. Me acordé de los cafés, de las noches, de las palabras. Su emoción al hablar, al defender apasionadamente sus ideales. Todo lo que me había conmovido de ella.
Lo pensé un segundo y lo comprendí de pronto. Nadie llamaría ya a mi puerta para dejarme llorar en su hombro y consolarme con una palabra de ánimo. Nadie me expresaría su dolo por mi pérdida. “¿Qué perdida?” dirían. Si al fin y al cabo yo sólo había perdido mi pasado, algo que de todas formas, ya estaba perdido. No, yo ya no sería una de esas personas a las que se abraza, sino uno de los que abrazan. Yo había perdido una musa, mi musa, pero al mundo ya no le importaba. El pasado ya está perdido, y ella sólo es un recuerdo. Una mera sombra que vaga junto a mi, de vez en cuando, por las calles tranquilas del Greenwhich Village.
Me habría permitido una lágrima por ella, pero quizá debí derramarla por mí. La impotencia me hizo flaquear, lo que es desear algo y saber a ciencia cierta que jamás ocurrirá. Y piensas cómo no en la muerte, en esa ausencia de vida. Y te preguntas, cómo puede morir una musa que es eterna, que siempre vivirá joven y bella en las canciones que inspiró. Crees tener la respuestas por un momento, antes de darte cuenta de que estás tan perdido como el resto del mundo. Y esa piel que tocó tu piel, esos labios que tocaron sus labios, han cesado de existir. Es una idea tan grande, tan poderosa e imponente, que mi cerebro es incapaz de procesarla, incapaz de creerla. Y mientras notas como el tiempo también hace mella en ti, como poco a poco tú también te vas convirtiendo en el recuerdo de un recuerdo, el miedo vuelve. Un miedo que nada calma, porque si el tiempo ha podido hasta con una musa, ¿qué no puede?
En última instancia, en algún periódico, se preguntarán qué diré sobre tan terrible suceso. Quizás incluso alguien sin voz, escriba esa pregunta insistente. ¿Cómo me enteré? Y quién puede responder si ni yo mismo lo sé. Yo que defiendo cosas con mi música, que soy la huella de una generación, hoy estoy sin respuestas. Y cuando me doy cuenta es demasiado tarde. Qué importa cómo me enteré, eso no cambiará el hecho de que una parte de mi, un hilo que me ataba a la vida se ha esfumado. Ya todo será gris para siempre, como aquella foto en la portada del disco. Ya todo brillará un poco menos sin su mirada.
¿Qué cómo me enteré? Simplemente lo supe; como alguien sabe que a muerto una estrella, yo supe que esa noche, murió mi musa.


bob-dylan-and-suze-rotolo.jpg

Friday, November 25, 2011

BOSTON


Nos sentamos cada uno en un extremo del sofá, pero más que centímetros parecía que nos encontrábamos a kilómetros de distancia, como si ella ya estuviera muy lejos. Algo se había roto y los dos éramos demasiado cobardes para intentar averiguar el qué. Ya sólo nos quedaba ese silencio que me iba matando por dentro y que dejaba esa duda sin respuesta que flotaba en el aire. Tan ajenos a todo y a la vez tan atentos a cada suspiro, a cada mirada, a cada movimiento. Pero todo nos dejaba en el mismo punto de partida, un lugar al que nunca nadie quiere llegar. La miré de refilón. Los brazos cruzados sobre el pecho, la mirada perdida en algo que yo ya no era capaz de ver. Y aún sin saber muy bien qué debía hacer, que quería hacer, mi grito ahogado resonó en la habitación, sólo un vestigio de lo verdaderamente importante, de aquello que merecía la pena salvar. Por un instante la esperanza llenó el último resquicio de cordura que quedaba.

-       - Creo que iré a Boston.
-       - ¿Boston?
-       - Boston…

Quería preguntar tantas cosas, y no pregunté ninguna. ¿Por qué Boston?

-       - Qué más te da. Tu no me conoces, y ni siquiera te importa.

¿Por qué Boston? ¿Por qué?

-       - Tu puedes hacer lo que quieras. No estás atado a mí.

¿Por qué Boston?

-       - Tengo que salir de California. Estoy harta del tiempo aquí. 
-      
     ¿Por qué…?

-      -  Estoy muy cansada del calor, del verano; algo de nieve no me vendría mal. No quiero más puestas de sol. Quiero ver un amanecer.

Y la pregunta seguía insistente. ¿Por qué Boston?
Miré hacia la luz que entraba por la ventana entreabierta, rezando para que allí arriba hubiera alguien que me escuchara.

-       - Creo que iré a Boston. Necesito una nueva ciudad para dejar todo esto atrás…

Cada excusa se clavaba en mí como una aguja, que no te mata, pero te hace algo casi peor. Y aún así seguía sin comprender. Todo aquello era una locura. Cada átomo de aquella habitación quería llorar por ella. Pero no lloré. ¿Por qué Boston? La observé desviar la mirada y una palabra sincera asomó a mis labios. Pero el orgullo siempre puede más, o puede que yo nunca haya sabido lo que es el orgullo. Quizá lo perdí aquella mañana. Quizá lo perdí todo aquella mañana.

-       - Empezaré una nueva vida, comenzaré de nuevo.

En Boston, Massachussets. ¿Qué hay en Boston?
Se pasó una mano por el pelo, demasiado calmada para aquella situación. Nada cambiaría ya en California. Seguí su mirada hacia la puerta medio cerrada del dormitorio. Una preciosa maleta gris descansaba sobre la cama, llena de ropa y de muchas cosas más que se irían con ella, cosas irrecuperables. Se me encogió el corazón, pero no me molestó tanto como no saber la respuesta a esa pregunta… ¿Por qué Boston? Sin más excusas, sólo la verdad. Deseé chillar, pero no fui capaz de enfadarme suficiente, sólo de murmurar.

-       - ¿Por qué Boston?

Por primera vez me miró, algo asombrada. Pero sus ojos me rehuyeron de nuevo para que no lograra alcanzar la verdad en ellos.

-       - Tu no me conoces…
-       - ¿Por qué Boston?

Se levantó de su esquina del sofá y los kilómetros se hicieron millas. Con cada paso que daba hacia la puerta, algo más se interponía entre nosotros, algo mucho más fuerte que el simple aire con sabor a humedad de California. Asomó a sus ojos una lágrima y a mi boca una palabra de perdón. Pero ni yo hablé, ni ella lloró. El silencio habló por los dos. El silencio, que nunca dice nada bueno.

-       - ¿Por qué Boston?
-       - Porque nadie conoce mi nombre.

Y en la quietud de aquella habitación, supe que no podía haber una respuesta mejor que aquella. Aunque aún creo que aquella mañana debí haber preguntado, llorado y hablado. Y que de algún modo, jamás me sacaré esa frase de la cabeza.

“ Creo que iré a Boston, donde nadie conoce mi nombre…”



boston.jpg

Monday, September 19, 2011

EL PRINCIPIO DEL FIN

El avión salió tarde del aeropuerto, pero dijeron que no nos preocupáramos porque se darían más prisa y acabaríamos llegando a la misma hora a nuestro destino. Mi destino no era interesante, ni divertido, ni me esperaban grandes venturas a mi llegada. Todas mis aventuras ahora quedaban atrás. Era difícil hacerse a la idea de que todo, se había terminado. Parecía ayer cuando cogí el otro avión, y en cambio habían pasado ya diez meses. Y ahora, quizá fuera efecto del jet lag que estaba por venir, o tal vez era que tantas emociones en tan poco tiempo te confunden demasiado; aunque yo creo que simplemente estaba en un estado de shock que no me permitía darme cuenta de lo que sucedía a mi alrededor de forma completa. Como en un sueño de verdad. Pero aquello no era un sueño. Fuera lo que fuese, no parecía que fuera capaz de soportar tantos cambios, tantas despedidas ni el acabar de perder sus abrazos. En realidad, mi vida ya había cambiado bastante en los últimos meses, y me gustaba tal y como era ahora. Pero uno debe volver, uno debe regresa aunque no quiera, aunque una parte de mi corazón se quedara atrás, no muy segura de dónde, de junto a quién... Así es como supongo que va a ser mi vida. Si quiero vivir aquí y allí, y más allá, tengo que estar acostumbrada a decir adiós. Aunque a veces es más difícil que otras. Pensé en todas las cosas que echaría de menos, todas las cosas que un año antes ni siquiera conocía y que ahora eran una parte fundamental de quién era. Mi corazón sería americano para siempre. Aunque mi casa, mi familia, todo, estuviera en España. "España. Spain. Así me llamaban todos... Ahora ya no sería nada... ya no sería "Spain", ya no sería "the Foreign", ni "the Spaniard". Ahora sólo sería yo. Sin más. Sin que nadie me diera "high fives" por los pasillos entre clase y clase, ni me abrazarían como sólo hacen los americanos, ni me dirían cosas sucias al pasar de broma." No conseguía olvidarme de que nunca más vería a aquella gente, que nunca más caminaría por aquellos pasillos de las taquillas rojas, que nunca más sería "the foreign exchange student". Y hay que reconocer, que la mejor vida es la del estudiante extranjero de intercambio. Si no fuera porque no nos pueden pillar en una fiesta, sería completamente perfecta. Además, saber que se trata de una experiencia efímera y corta, que nunca volverá, te hace vivirla aún más intensamente. Por desgracia, cuando por fin sabía quién era, cuando por fin conocía a todo el mundo, cuando todo iba mejor, cuando acababa de darme cuenta de lo que sentía por ciertas personas, todo terminó. Y sólo me quedaba aquel vuelo, aquel viaje de casi ocho horas y los recuerdos. Sólo aquel avión donde todos me resultaban extraños y ajenos a mi mal. Si hubieran preguntado, más de la mitad del avión habría creído que yo era americana, en vez de española. Y en el fondo, tendrían razón. Lloré por todo lo que había perdido y por lo que quedaba por delante. Quizá aquel vuelo fuera incluso demasiado corto como para despedirme mentalmente de todo, de todos, de hacerme a la idea. Sí, seguro que ocho horas no eran suficiente. Me permití ese último capricho, recordar hasta que el avión tocara tierra, y después, lo dejaría todo en un rincón de mi memoria al que no volvería en mucho tiempo. Para que no doliese demasiado. Una última debilidad, una última vez viviendo el sueño, la película.
Pronto se hizo de noche y todos cerraron las ventanillas del avión, se apagaron las luces fluorescentes de los pasillos, todos sacaron sus mantas y mini almohadas y se reclinaron como pudieron en ese sitio enano, para intentar dormir. Yo ni siquiera lo intenté, sabía de sobra que no me dormiría. Jamás en un sitio público, jamás en un avión. Era la única despierta de todo el avión. Me encantan los aviones cuando están así, en silencio, con todas las luces apagadas menos la mía, en medio de un mar de penumbra, nadie habla, nadie se mueve, casi ni respirar. Es como si el mundo se parara. Y entonces, empieza lo bueno. Hurgué en mi bolso de mano gigante del que Lauren se había reído días antes. Era ridículo pensar en Lauren. Era ridículo seguir dando las gracias al vacío. Y lo encontré. Lo había puesto allí a propósito para el viaje. Sabía de antemano que me permitiría un último segundo para derramar alguna lágrima y luego nunca más. Eso es signo de debilidad; y hay que ser fuerte en la vida. Era ridículo que hubiera llorado la noche antes, como una tonta en mi habitación, sola, sin poder quitarme su imagen de la cabeza, la estúpida idea de que jamás le volvería a abrazar. Intentando con todas mis fuerzas no llamarle y pedirle que viniera a las 3 y algo de la mañana a mi casa a abrazarme una vez más. Él ni siquiera sabía lo importante que se había convertido él para mí. Aunque ni siquiera yo lo sabía hasta hacía poco. Y él no debía saberlo jamás. Ya era demasiado tarde de todas formas, ya daba igual, ya nada importaba.  Una vez que había perdido sus abrazos; a él, ya nada importaba. Esa noche, había sido la primera vez en toda mi vida que había llorado por una despedida. La primera y, de momento, la única.
Lo saqué del bolso con cuidado y lo coloqué sobre la mesita del avión que tenía abierta ante mí. Era un libro fino y delgado con el número 16 en el lomo. Tenía un mapa de carretera como dibujo de la portada y la contra portada. Mi anuario. Lo rocé con dedos temblorosos. Lo había estado pasando durante días de una persona a otra por todo el colegio, pidiendo dedicatorias a diestro y a siniestro. Y las había guardado todas, sin leerlas. Todavía no había leído ninguna. Las había reservado para ese momento. Y entonces, me dio miedo abrirlo y leerlas. Quizá no eran tan buenas como me esperaba. Quizá todas eran absurdas y sin sentimiento. Quizá me defraudarían. Pero superé mis temores e inseguridades, deseando que mi último recuerdo fuera perfecto. Y lo abrí. Había muchas firmas con sus dedicatorias. No supe cuál leer primero, la de quién quería leer antes. Así que empecé por una de las de la primera página, pequeña, torcida un poco y con letra no muy buena. Suspiré. De todos modos, gracias por las memorias. A todos.
Y comencé a leer...