BOSTON
Nos sentamos cada uno en un extremo del sofá, pero más que
centímetros parecía que nos encontrábamos a kilómetros de distancia, como si
ella ya estuviera muy lejos. Algo se había roto y los dos éramos demasiado
cobardes para intentar averiguar el qué. Ya sólo nos quedaba ese silencio que
me iba matando por dentro y que dejaba esa duda sin respuesta que flotaba en el
aire. Tan ajenos a todo y a la vez tan atentos a cada suspiro, a cada mirada, a
cada movimiento. Pero todo nos dejaba en el mismo punto de partida, un lugar al
que nunca nadie quiere llegar. La miré de refilón. Los brazos cruzados sobre el
pecho, la mirada perdida en algo que yo ya no era capaz de ver. Y aún sin saber
muy bien qué debía hacer, que quería hacer, mi grito ahogado resonó en la habitación,
sólo un vestigio de lo verdaderamente importante, de aquello que merecía la
pena salvar. Por un instante la esperanza llenó el último resquicio de cordura
que quedaba.
- - Creo que iré a Boston.
- - ¿Boston?
- - Boston…
Quería preguntar tantas cosas, y no pregunté ninguna. ¿Por
qué Boston?
- - Qué más te da. Tu no me conoces, y ni siquiera
te importa.
¿Por qué Boston? ¿Por qué?
- - Tu puedes hacer lo que quieras. No estás atado a
mí.
¿Por qué Boston?
- - Tengo que salir de California. Estoy harta del
tiempo aquí.
-
¿Por qué…?
- - Estoy muy cansada del calor, del verano; algo de
nieve no me vendría mal. No quiero más puestas de sol. Quiero ver un amanecer.
Y la pregunta seguía insistente. ¿Por qué Boston?
Miré hacia la luz que entraba por la ventana entreabierta,
rezando para que allí arriba hubiera alguien que me escuchara.
- - Creo que iré a Boston. Necesito una nueva ciudad
para dejar todo esto atrás…
Cada excusa se clavaba en mí como una aguja, que no te mata,
pero te hace algo casi peor. Y aún así seguía sin comprender. Todo aquello era
una locura. Cada átomo de aquella habitación quería llorar por ella. Pero no
lloré. ¿Por qué Boston? La observé desviar la mirada y una palabra sincera
asomó a mis labios. Pero el orgullo siempre puede más, o puede que yo nunca
haya sabido lo que es el orgullo. Quizá lo perdí aquella mañana. Quizá lo perdí
todo aquella mañana.
- - Empezaré una nueva vida, comenzaré de nuevo.
En Boston, Massachussets. ¿Qué hay en Boston?
Se pasó una mano por el pelo, demasiado calmada para aquella
situación. Nada cambiaría ya en California. Seguí su mirada hacia la puerta
medio cerrada del dormitorio. Una preciosa maleta gris descansaba sobre la
cama, llena de ropa y de muchas cosas más que se irían con ella, cosas
irrecuperables. Se me encogió el corazón, pero no me molestó tanto como no
saber la respuesta a esa pregunta… ¿Por qué Boston? Sin más excusas, sólo la
verdad. Deseé chillar, pero no fui capaz de enfadarme suficiente, sólo de
murmurar.
- - ¿Por qué Boston?
Por primera vez me miró, algo asombrada. Pero sus ojos me
rehuyeron de nuevo para que no lograra alcanzar la verdad en ellos.
- - Tu no me conoces…
- - ¿Por qué Boston?
Se levantó de su esquina del sofá y los kilómetros se
hicieron millas. Con cada paso que daba hacia la puerta, algo más se interponía
entre nosotros, algo mucho más fuerte que el simple aire con sabor a humedad de
California. Asomó a sus ojos una lágrima y a mi boca una palabra de perdón.
Pero ni yo hablé, ni ella lloró. El silencio habló por los dos. El silencio,
que nunca dice nada bueno.
- - ¿Por qué Boston?
- - Porque nadie conoce mi nombre.
Y en la quietud de aquella habitación, supe que no podía
haber una respuesta mejor que aquella. Aunque aún creo que aquella mañana debí
haber preguntado, llorado y hablado. Y que de algún modo, jamás me sacaré esa
frase de la cabeza.
“ Creo que iré a Boston, donde nadie conoce mi nombre…”

No comments:
Post a Comment