¿Cómo me enteré? ¿Me llamaron?
¿Lo leí en un periódico? ¿Quizá lo vi en mis peores sueños? Ni yo lo sé, y no
creo que lo sepa jamás. Dicen que no estaba sola, como si quisieran suavizar el
golpe. Que su marido estaba allí junto a su lecho. Y recordé lo que se dice:
Todos nacemos y morimos solos. Y él sólo debió ser un mero espectador de la
muerte de una estrella.
Sólo sé que todo a mi alrededor
se tornó extraño y desconocido. Mi propio cuerpo parecía diferente, como si
hubiera perdido alguna parte esencial, algún órgano indispensable que había
dejado un irreparable vacío en mi interior. Ese vacío que sólo deja la muerte;
un extraño vértigo en el estómago que me trasladó a un lugar muy lejano, a otra
época. Su cara, sus labios, sus caderas, sus piernas… En aquel tiempo no había
nada ni nadie tan eróticamente sensual como ella. Sentí un deseo irrefrenable
de estar a su lado, de mirarla, de sonreírle, y por primera vez en mi vida
sabía que era imposible. Deseé con toda mi alma no haber malgastado todo ese
tiempo a su lado.
Porque al fin y al cabo, ¿quién
era yo ahora? ¿Era a caso, algo más que una sombra de su pasado? Sí, eso era
ella, mi pasado, mi inspiración, mi musa. Cada una de las palabras que le
escribí golpeaba mis oídos con el silencio. Y cada nota de cada melodía que
compuse para ella, se deslizaba en el viento colándose por las rendijas,
entrando en todas partes sin dejar a nadie a salvo de los fantasmas que traían
con ellas.
Me pudo más la tristeza y ese
pequeño lado semi-masoquista que todos tenemos y que aflora en ciertas
ocasiones, incitando a nuestra propia tortura interior. Corrí por los pasillos
de la casa vacía y llegué un cuarto lleno de cajas, donde guardaba las cosas
que ya no me pertenecían por completo, sólo a esa parte de mí que aún cantaba y
tenía esa fe pura que el tiempo te va quitando. Rebusqué entre los papeles, en
mis viejos cajones, hasta verlo allí en un rincón apartado. Lo cogí con
cuidado, casi como si fuese lo único que la ataba al mundo en ese instante y
que con el más débil movimiento podría perderse para siempre. Observe la
carátula de aquel disco con una extraña sensación en el estómago. Ella, con su
pelo largo y esa gabardina ceñida, agarrada de mi brazo como si no hubiera
posición más natural que aquella. La foto en blanco y negro, no llegaba
siquiera a remarcar su belleza cálida. Y por un momento, me pareció estar allí
de nuevo, en aquella calle del Greewhich Village, sin rumbo pero caminando. El
cigarro consumiéndose en mis labios, el suave aire de la mañana, el tacto de su
pelo que me rozaba cuando lo traía el viento, y ese aroma que sólo se encuentra
en Greenwhich. Lo añoré tanto que dolía. Pensé en cada beso, en cada mirada y
en que ya no existían esos labios ni esos ojos. Su mirada se había perdido para
siempre.
Ahora todo lo que quedaba era
aquel tiempo, hace tanto, en aquel apartamento de la 4th Street. No resistí la
tentación y puse el disco, que sonó suave bajo la aguja del tocadiscos… Había
sido los años 60, nuestros años dorados y ella, mi musa. Me acordé de los
cafés, de las noches, de las palabras. Su emoción al hablar, al defender
apasionadamente sus ideales. Todo lo que me había conmovido de ella.
Lo pensé un segundo y lo
comprendí de pronto. Nadie llamaría ya a mi puerta para dejarme llorar en su
hombro y consolarme con una palabra de ánimo. Nadie me expresaría su dolo por
mi pérdida. “¿Qué perdida?” dirían. Si al fin y al cabo yo sólo había perdido
mi pasado, algo que de todas formas, ya estaba perdido. No, yo ya no sería una
de esas personas a las que se abraza, sino uno de los que abrazan. Yo había
perdido una musa, mi musa, pero al mundo ya no le importaba. El pasado ya está
perdido, y ella sólo es un recuerdo. Una mera sombra que vaga junto a mi, de
vez en cuando, por las calles tranquilas del Greenwhich Village.
Me habría permitido una lágrima
por ella, pero quizá debí derramarla por mí. La impotencia me hizo flaquear, lo
que es desear algo y saber a ciencia cierta que jamás ocurrirá. Y piensas cómo
no en la muerte, en esa ausencia de vida. Y te preguntas, cómo puede morir una
musa que es eterna, que siempre vivirá joven y bella en las canciones que
inspiró. Crees tener la respuestas por un momento, antes de darte cuenta de que
estás tan perdido como el resto del mundo. Y esa piel que tocó tu piel, esos
labios que tocaron sus labios, han cesado de existir. Es una idea tan grande,
tan poderosa e imponente, que mi cerebro es incapaz de procesarla, incapaz de
creerla. Y mientras notas como el tiempo también hace mella en ti, como poco a
poco tú también te vas convirtiendo en el recuerdo de un recuerdo, el miedo
vuelve. Un miedo que nada calma, porque si el tiempo ha podido hasta con una
musa, ¿qué no puede?
En última instancia, en algún
periódico, se preguntarán qué diré sobre tan terrible suceso. Quizás incluso
alguien sin voz, escriba esa pregunta insistente. ¿Cómo me enteré? Y quién
puede responder si ni yo mismo lo sé. Yo que defiendo cosas con mi música, que
soy la huella de una generación, hoy estoy sin respuestas. Y cuando me doy
cuenta es demasiado tarde. Qué importa cómo me enteré, eso no cambiará el hecho
de que una parte de mi, un hilo que me ataba a la vida se ha esfumado. Ya todo
será gris para siempre, como aquella foto en la portada del disco. Ya
todo brillará un poco menos sin su mirada.
¿Qué cómo me enteré? Simplemente
lo supe; como alguien sabe que a muerto una estrella, yo supe que esa noche,
murió mi musa.

